II. Unas cuantas hojas

A diferencia de las gentes de su raza, [Anilem] le atraía el Oeste. Algo hay en los últimos rayos de sol que escapan desde los picos de los montes; en la lluvia que, de cuando en cuando, sueltan las nubes que vienen del mar lejano; e incluso en las historias de tierras raras y peligrosas, de magos y hechiceros que embaucan la mente de la gente decente. Historias que hablan de cosas que pasan más allá de las lomas, en los pies de los montes, y por supuesto en las tierras tenebrosas junto al mar maldito.

A pesar de las interminables historias que las mayores repiten, y que forman parte de las enseñanzas de la gente de bien, [Anilem] estaba obsesionada por el Oeste. Desde pequeña se le veía pegada a las ventanas del lado poniente de las casas, distraída observando el cielo púrpura de los ocasos. Sus hermanas jugaban y jugaban mirando siempre el Sur, el bello Sur, el prometedor Sur. Por generaciones, su raza puso sus esperanzas en el Sur: la mejor tierra, la mejor bebida, y los más lindos y apacibles senderos para pasear. “Todo lo bueno del mundo esta en el Sur”, se solía decir.

Al cumplir la mayoría de edad, [Anilem] debía dejar el Hogar, y como era tradición, salió a conocer el mundo. Junto a sus hermanas paso años recorriendo los pueblos y parajes, llegó a las ciudades más grandes de su época, las que están más allá del lago grande, lugar que la gente llamaba “Mar Bondadoso”. Pasaron los años y el recuerdo de una niña que amaba lo prohibido se había enterrado en capas y capas de nuevas experiencias, las que en su mayoría eran dichas y alegrías.

[Anilem] tenía una buena vida, se podría decir que era feliz, y eso era lo que mostraba al mundo. Sin embargo en su interior algo no funcionaba: se sentía vacía. Las experiencias que adquiría les parecían banales, sin sentido más allá de una contingencia pasajera, sin trascendencia. Sentía que estaba destinada a dar todo de sí y que de alguna forma algo se lo impedía. Había un sentir entre amargo y dulce, entre alegre y triste, algo melancólico, algo lejano y cada vez más reiterativo.

Una mañana de fines e verano, [Anilem] salió a caminar por los campos. Llevaba sus acostumbradas botas de largas distancias (que resultaban ser asombrosamente femeninas), su amplio vestido blanco, suave y fresco, y su sombrero lila. El pelo castaño oscuro hondeaba en el viento de la mañana.

Sin planearlo esa mañana caminó hacia el Oeste, pronto quedó sola (cosa que no le importaba realmente) y sus pasos la aventuraron al Bosque Verde. Este bosque está al sur del gran abismo, también producto de los cataclismos, y al norte del río Agua Buena.

Muy pocas veces la Gente del Mundo se aventuraba tan al Oeste y si su conciencia no hubiese estado tan dormida, [Anilem] tampoco hubiese partido a ese bosque que, aun cuando no era tan terrible como el Bosque Oscuro, gozaba de pésima reputación.

Cuando su conciencia regresó de aquel viaje aparentemente obligado, [Anilem] se vió en medio del bosque, y extrañamente con una paz abrasadora. No tenía hambre y su cansancio, si alguna vez lo tuvo, ya se había ido. Se detuvo frente a un álamo que se destacaba en el centro de un claro y que de hacía rato observaba.

Aunque el verano aun no terminaba, ese día muchas hojas caían de los árboles, girando y resbalando en una danza arremolinada. [Anilem] las observaba y las seguía en su caída, prácticamente desde que se desprenden de las ramas hasta que se estrellan en el suelo. Muchas se les escapaban y confundían entre sí, no obstante [Anilem] parecía sumida en una especie de hechizo hipnótico que retenía su atención. De pronto se dio cuenta que en una parte del bosque las hojas caían más lentamente, como si hubiese un viento que soplara desde el suelo, o como si el tiempo mismo transcurriera más lentamente. Por un momento recordó las leyendas que su pueblo tenía respecto a ese bosque, y las advertencias sobre cualquier viaje o relación con el Oeste. Pero estos pensamientos se esfumaron cuando apareció, en aquel lugar extraño, la figura de un hombre joven.

[Anilem] observaba atentamente y oculta por el álamo. El joven vestía una túnica verde oscuro y botas negras. Parecía de una edad similar a [Anilem]. Continuamente se inclinaba para recoger algo, que observaba minuciosamente y luego guardaba en un bolso pardo.

A medida que el joven avanzaba, las hojas parecían suspenderse en el aire, y luego caer muy lentamente. En los lugares por los que pasaba, las hojas empezaban a adquirir, paulatinamente, su comportamiento normal.

[Anilem] no aguantaba más su curiosidad. Sentía una atracción embriagante por ese bosque, por las hojas que caen, por el aire tranquilo, por la luz, por la tierra y por ese joven y su extraño quehacer. De pronto comprendió que el joven se alejaba de donde ella estaba, por lo que, gobernada por su curiosidad y su espíritu de aventura, se dispuso a hacerse visible.

Justo en el momento en que abandonaba el resguardo del álamo miró, por un momento, la senda por la que había llegado desde el este y notó con asombro que las hojas caían más rápidamente de lo normal, como atraídas por el suelo. Daba la impresión, dado el color del cielo y del follaje, que el otoño ya había llegado en el Este del mundo, mucho antes de lo que decían los paisajes que luego vio en el Oeste. [Anilem] notó que entre más al Oeste se dirigía, más lento parecía el transcurso del tiempo y más luminoso el paisaje.

[Anilem] aun miraba de un lado a otro las hojas cuando escucho una voz.

— Hola! me alegra verte – dijo el joven, quien al divisar a [Anilem] recorrió a zancadas los metros que le separaban de la joven.

[Anilem], inmersa en la sorpresa, vio al joven que la miraba con curiosidad mientras guardaba algo en su bolso. [Anilem] estaba aturdida y las palabras no brotaban.

El joven la miró de pies a cabeza. Su expresión cambió, de una curiosidad a una maravilla desbordante. Algo en su interior recobró el sentido perdido hace tiempo.

Luego de unos momentos [Anilem] logró generar unos sonidos que a pesar de lo entrecortado que surgían, podría decirse que resultaban ser un saludo y presentación.

— ho.. ho..hola, soy [Anilem]. ¿Qué haces con esas hojas?

El joven parecía leer en su pensamiento los sonidos que sus oídos acababan de recibir, como encajándolos en antiguos pensamientos que pretendían extraerles un significado olvidado. Las múltiples lenguas de muchas razas surgieron y fluyeron rápidamente hasta encontrar una que parecía ser la adecuada.

— Es para mi libro – dijo el joven. –Ya es hora de recoger las hojas de esta temporada. Los meses pasan muy rápido y si no me doy prisa puede que no logre completar el libro. Es importante! —

[Anilem] no dejaba de observar con mucha atención y sin embargo con perplejidad. Y luego, cuando el silencio comenzó a resultar algo incómodo [Anilem], ya más segura de si misma, preguntó.

— ¿Cómo te llamas? –

— Ah! Lo siento, disculpa mi falta de respeto. Es que no acostumbro a usar un nombre audible. Fue hace mucho, en otros viajes, ahora que lo recuerdo…. – el joven parecía escudriñar a la velocidad del rayo miles de frases, sonidos y hasta canciones. — Alguna vez me llamaron [Andanay]. Es un sonido que siempre me agradó. Puedes llamarme así, si así lo deseas.

— [Andanay], oh! [Andanay]. – [Anilem] saboreaba la sonoridad de la palabra.

Dicho esto, el joven volvió a su labor de recolector de hojas. Y como por un encantamiento, [Anilem] lo siguió y comenzó a recoger hojas también. Las juntaba en la falda de su vestido. De las hojas que recogía muchas volvía a dejar en su sitio, pues luego de un escrutinio solo aceptaba muy pocas.

De reojo veía cómo [Andanay] recogía pocas hojas, pero todas iban a parar a la bolsa.

Cuando [Anilem] consideró que tenía una cantidad suficiente se acercó a [Andanay] y estando frente a él dijo:

— Ya! Terminé. Me gustaría ver tu libro completo, así que toma estas hojas. —

Al decir estas palabras [Anilem] brilló de un modo extraño; con una brillantes tal que las hojas de su alrededor palidecieron y algunas comenzaron a brillar también. Aparentemente [Anilem] no lo notó, pero [Andanay] quedó helado del asombro. Hace muchos años atrás, más de lo que cualquier gente del Este pudiese esperar, el joven había estado en la presencia de un ser de tal brillantes.

[Andanay] miró fijamente a la joven, se acercó y no aceptó las hojas. Simplemente beso a [Anilem] muy lentamente, con un beso suave y fresco, que para la joven fue eterno y al mismo tiempo breve.

[Anilem] cerró los ojos por un momento, simplemente sintiendo con toda su alma y eliminando cualquier otra distracción. En ese momento, [Anilem] se llenó de un silencio; un silencio que no significaba ausencia de sonido o ausencia de vida, más bien, significaba presencia de una música cargada de fuerza, y de vitalidad, una música generadora de vida.

Cuando abrió sus ojos nuevamente estaba sola en medio de un bosque y con un montón de hojas en sus manos y otro montón alrededor.

A su alrededor, las hojas dejaron de caer. Y en el bosque no había señales de un otoño temprano.


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